Linaje y personalidad

Linaje y personalidad - Jonas Gnana - constelaciones familiares

Linaje y personalidad

¿Cómo se construye nuestra personalidad? ¿Cuáles son los factores que determinan nuestro carácter y forma de percibir el mundo? ¿Se debe todo a una experiencia personal y de la infancia?
Nuestras almas son maleables. Reciben la impronta de lo que vivimos en la infancia, se
conforman según lo que vamos experimentando en cada relación, en cada experiencia. Sin
embargo, algo queda fuera del alcance nuestra comprensión, algo que queda más allá de
nuestra experiencia personal y de las relaciones que nos imprimieron un carácter o una forma de relacionarnos determinada. Al observar un bebé al cabo de unas semanas de haber nacido, ya podemos reconocer algunas formas de expresión que son particulares de él. Parece que tenga una predisposición a cierta actitud, a sentir de una manera especial. Que hayan ciertas tendencias ya impresas en su conciencia y organismo.
El proceso de perder el contacto con nuestra naturaleza esencial, es universal en el ser humano: todos desarrollamos un ego personal que nos aleja de una comunicación íntima con nosotros mismos. Una estructura de carácter que está condicionada por la experiencias del pasado, que nos defienden de algún modo, de cada relación, de cada experiencia. Por supuesto esta estructura nos protege de los embates de la existencia, de cada impacto doloroso de los intercambios con las demás personas, pero también reduce la vivencia de la plenitud, a una sombra del amor que paradójicamente anhelamos.
Hay una serie de factores que nos dirigen hacia esa pérdida de contacto con nuestra
Conciencia. La primera es nuestra identificación con nuestro cuerpo, el cual consideramos lo que somos y quiénes somos. El principio de la cognición se origina con la diferenciación entre las sensaciones agradables y desagradables (placer - dolor). Cualquier rastro de memoria de estas impresiones se registra progresivamente en nuestro sistema nervioso. A partir de la repetición de experiencias, la memoria empieza a conformarse. Poco a poco empieza a crearse una mayor diferenciación, y el sentido de que lo interior es opuesto a lo exterior va tomando fuerza. El conjunto de sensaciones de lo que nos produce placer y dolor, se van registrando como un sentido delimitado del yo.
El segundo factor de la pérdida con nuestra naturaleza esencial, tiene que ver con los inconvenientes y hostilidad del entorno que vivimos en la primera infancia.

Estas dificultades incluyen los abusos y falta de sensibilidad, la falta de respuesta adecuada ante las necesidades por parte de los padres o los cuidadores del niño. La interpretación que hace la madre cuando su hijo tiene hambre o le duele la barriga, y no corresponde a su necesidad real, hace que éste reacciones de alguna forma para aliviarlo, o bien sienta que es impotente ante el descuidado o desprotección de los padres, (como por ejemplo, cuando se dejan a los niños llorar indefinidamente, porque se considera que debe aprender a calmarse solos, o que reaccionan por capricho), cuando en realidad su experiencia emocional y afectiva, depende enteramente de los padres. Esta falta de una respuesta sensible, sin un apoyo físico y afectivo, conduce a una desconfianza en el entorno y de la relación humana. Cuanto menos apoyo ofrezca el entorno y los cuidadores, más se basará en la reactividad al propio dolor, o falta de satisfacción de las propias necesidades. El carácter existe de forma implícita a una desconfianza de la realidad.
El tercer factor que contribuye a una pérdida de comunicación con nosotros mismos, es la falta de reconocimiento y sensibilidad a lo que realmente somos. Nuestros padres también tuvieron sus propias dificultades y traumas . Debido a que no llegaron a reconocer su propia naturaleza, y resolver la sombra de su propio carácter, nuestros padres no pudieron percibir, valorar y reflejarnos nuestra verdadera naturaleza. Ellos mismos no pudieron responder con claridad y empatía a sus propios impedimentos, para saber quienes eran realmente, por lo que tampoco pudieron ver quienes éramos nosotros.
Estos factores anteriores que condicionan nuestra vida a través del carácter y el temperamento, son los aspectos inconscientes individuales, aquellos que hemos ido obteniendo a través de la interacción y la experiencia personal. El cuarto factor, tiene una dimensión que proviene del sistema familiar, es decir un atributo del inconsciente colectivo.
Parte de lo que determina nuestro carácter y ciertas inercias en nuestra conducta, tiene unas
raíces transgeneracionales. Cuando somos niños estamos profundamente vinculados con
nuestra familia, en niveles que van más allá de las decisiones conscientes. Los efectos de la
vinculación, no sólo se refieren a los padres y hermanos, sino también a los ancestros. Dado que a través del vínculo compartimos el alma familiar, también participamos de los destinos de nuestra familia. Una parte de nuestro inconsciente considera que demuestra su amor compartiendo esos destinos. Es decir que, si alguien en una familia fue asesinado, o murió de alguna manera trágica, por ejemplo, es posible que sienta que comparte su amor por la víctima muriendo también. Del mismo modo, que muchos síntomas y enfermedades son resultado de buscar compensar o resolver conflictos de familiares, aunque no los hayamos conocido.
La función más importante del inconsciente colectivo consiste en vincular al niño con su familia. La conciencia, con una sensibilidad extrema, reacciona a todo lo que el niño tiene que hacer o dejar de hacer para poder formar parte de su familia. Por lo que, un niño tiene la conciencia tranquila cuando actúa de manera que pueda formar parte de su familia y pueda ser reconocido.
En cambio, tiene mala conciencia cuando hace algo por lo que teme perder su derecho a la
pertenencia, y corre el riesgo de ser excluído. La lealtad a las creencias y formas de entender la vida (mitos) de nuestra familia, configuran nuestro carácter y mentalidad, bien sea por afinidad o por oposición.
De modo, que no sólo por educación y experiencias estamos condicionados por nuestra familia de origen. Las vivencias de nuestros antepasados están íntimamente ligadas a nuestra forma de ser y de relacionarnos. Sus deseos, sus esfuerzos realizados, sus fracasos y logros. Nuestra vida forma parte de una comunidad de destinos, que ha conformado nuestra conciencia personal.
Ahora sus anhelos también son los nuestros. Heredamos la necesidad de resolver un sufrimiento, y alcanzar una realización que va más allá de nosotros. Que no nos pertenecen, pero somos responsables.
Jonàs Gnana

Comment ( 1 )

  • Carmen

    Muy bueno el artículo, es la concreción de nuestra necesidad de pertenecer, como seres mamíferos y gregarios que somos, aunque nos cueste la pérdida de nuestra esencia. Enhorabuena por la formación, Jonàs.

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